Me había instalado a leer bajo la sombra del viejo sauce en aquella tarde calurosa, a fines de febrero. Era una carta privada.

–Ven a sentarte a la mesa-, llamó mi tía y la escondí entre las páginas del libro.

-Voy tía, ¿le ayudo? – le contesté. Ese verano llegué al campo sola, para acompañarla, porque había enviudado sólo dos meses antes. Había abierto el sobre sin remitente en el tren; pero con el ir y venir de los pasajeros, era difícil concentrarme en las páginas amarillentas escritas con letra de sexto año, las que habían arrancado de un cuaderno.

-No es necesario m’hijita – respondió, mientras acomodaba una bandeja llena de loza, una tetera caliente y su tarta de frutillas, sobre la mesa de mimbre.

-No sea cosa que vaya a cojear con el peso y derrame el té- agregó. Conociéndola, estas onces serían eternas, antes de poder volver al relato.

Aprovecharía de recorrer los pasillos que la Nana conocía como la palma de su mano, talento que le sirviera en noches sin luna mientras la casona dormía. Mi tía estiró el vestido sentándose a mi lado y sirvió el té sin decir nada. Ansiosa por volver a las letras borroneadas que mi Nana escribiera a un tal Matías, serví la tarta en silencio.

-Te tengo una noticia- me dijo, pasándome el azucarero.

-Cuénteme- le contesté, porque le encantaba que la escucharan.

-Supe de la Mirna por la Rosario. Estuvo malita y murió en su sueño, tan viejita que estaba-. Apoyé mi mano en la suya, haciéndole saber que comprendía su gesto.

-Qué pena- le dije, sin levantar la vista del plato, impaciente por averiguar cómo la Mirna trataba de descifrar el misterio desde su pieza -.Fíjese que lo presentí, y recé por ella.

No volvimos a hablar, cada una recordando, sentadas a la mesa juntas.

Mirna había llegado de Valparaíso, para cocinar y hacer el aseo en la casa. Mi madre siempre enferma, necesitaba ayuda. En las tardes, después de haber terminado mis tareas, me iba a conversar con la Nana. Ella ordenaba su pieza y allí nadie nos molestaba. Me contó que en la otra casa tenían puros enredos y no quería sufrir más penas. A veces echaba de menos a la niña Clara, quien saltaba y reía de cosas que sólo a ella la divertían. “Los demás ni la seguían, Glorita”, me dijo.

La tarta estaba deliciosa, pero mi curiosidad aumentaba, imaginando cómo se armaron los enredos de los que huyó mi Nana. Recuerdo que me habló de un pololo “por allá en el Sur” decía, con su mirada triste. Los amores ajenos me inspiraban y sus respuestas a medias, generaban historias insólitas en mi cabeza. No tiene pololo ahora, pensé, así es que lo solucioné. Le hice gancho con un cabo de turno, por teléfono, y cayó. Me hice pasar por otra Nana, siendo una mocosa. Se juntaron en la esquina de mi casa. Él venía de Ancud y era cabrito. Qué cosas...

–¿Le sirvo otra tacita, tía?- No se había dado cuenta del tiempo y la despabilé con mi pregunta. –Ya no m’hijita, está refrescando y ya tomé dos tazas. Ahora me voy a la cocina para ver lo de la comida con la Carmela -me contestó.

Partí al dormitorio a enroscarme en el sillón, y volver a mi lectura. La carta estaba dirigida al dueño de casa:

    «Don Matías:
Fíjese que hace un par de semanas pillé a la señora con la niña Clara de la mano y una maleta en la otra. Si no fuera porque tenían que salir por donde yo estaba encerando, sólo me habría enterado de su partida por la nota que doña Marta me dejó en la cocina. Dijo que no me preocupara y desaparecieron. Vuelva luego de su viaje, pa’ que arregle este lío, don Matías.»


Me llamó la atención que la Nana se dirigiera a él directamente.

«Cuando llegó la amiga de la señora, no sabía en qué idioma hablaban; hacían unos ruidos como gárgaras, poniendo la boca como que fueran a darse besos. Doña Artemisia no habla bien castellano y medio que le entiendo algo. Usté sabe que me gusta comprender lo que pasa aquí. Una mañana la francesa le dijo a la señora que se fuera por un tiempo, que le haría bien. Pa’ qué le digo cómo las echo de menos. ¿Iré a verlas algún día y abrazar a la niña? qué sabe ella de ésto.»

Corajuda la Mirna, llegar y decir lo que pensaba.

–Quieres venir a la mesa, Gloria- llamó mi tía.

-Estoy metida en el libro -contesté -.Prefiero quedarme aquí tía.

Me trajeron un plato con pastel de choclo y un vaso de agua que bebí para calmar el calor que emanaba de la carta.

Esa noche viajé por un mundo desconocido, del cual contaré sólo algunos segmentos. La casona en Valparaíso fue el comienzo de las aventuras voyeristas de mi Nana, llenándole su vida rutinaria. El instinto le dictaba agacharse más de lo necesario, cuando le servía el plato de lentejas al Julio, cuyos ojos inquietos se fijaban en los enormes pechos que brotaban de su escote insolente. Ella sabía que les gustaba el juego ése. El hombre ayudaba en la huerta y con el encerado de la casa. Jardineando, le encantaba mirarle el trasero a la Mirna, que bailaba al ritmo de la lavandera, fregando y escobillando ropa en la artesa. Era bonita y entradita en carnes.

Me daba vueltas en la cama, traspirando, imaginando tardes somnolientas que invitaban a los personajes a revolcarse en una hamaca. Salí al jardín ahora fresco, para calmarme mirando la luna. No había nada que hacer. Volví al párrafo que acababa de leer, caminando sin rumbo, recordando...

«Fíjese que la madám dele con que se la presente a usté, porque le gustó mucho leer las cartas que dejó la señora Marta en la caja de cedro, debajo de su cama; le encantó la colcha de seda palidita, bordada de cintas y perlas incrustadas, hasta en las almohadas, que aún llevan el perfume de la señora; un olor que cambia según la temperatura de su piel; cuando usté anda rondando, el perfume vuelve a cambiar ¿no ve pues? Como le decía, doña Artemisia se echaba allí al atardecer y yo no sabía porqué. Escuchaba ruiditos a eso de la medianoche, nubla’o o con luna; a veces parecía oír voces, risitas y hasta quejidos de lejos.»

La noche refrescaba y decidí volver a mi cuarto. Mientras caminaba hacia la casa, recordé un detalle importante, el que juega un rol clave en el relato de Mirna. Cuenta la Nana que luego de levantarse al mediodía, Artemisia solía estirarse lánguida en una silla larga, cubierta de cojines mullidos en la terraza con vista al mar. Leía y dormitaba, vestida de lino semitransparente, cómodo y elegante. Lucía unas sandalias de cuero, con correitas finas que se entrecruzaban sobre sus pantorrillas bien torneadas, dando la impresión de una hiedra apoderándose de sus piernas sin fin. Julio era buenmozo, leí sonriendo. Con el torso desnudo, desmalezaba torpemente los bordes floreados, imaginándose de seguro, hasta dónde subirían las tiritas de las sandalias, para su felicidad completa. Me vine a acostar, con tanta maravilla que cambiaría mi vida.

Antes de dormirme esa noche, decidí que tendría que compartir la conclusión del res
úmen de Mirna.

«Un día me atreví a acercarme a la puerta de la pieza de la señora, calladita, agachá’ pa’ que no me pillara; pisando los tablones buenos, pa’ que no crujieran; risitas, páginas tocándose; chita’ oiga, el perfume de doña Marta regüelto con el de doña Artemisia se salía por la puerta entreabierta y yo asorochada; de repente la vi, rodeada de velas prendi’as, la cajita sagrada de la señora abierta, las cortinas de organza bailando en la brisa como fantasmas de angelitos; las almohadas desordenadas y las perlas que brillaban con la luz que da la cera de abejas... la bata negra con visos colora’os a medio poner, un hombro destapa’o; oiga si usté viera... me tapé la boca pa’ no gemir cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo. Si ni se había saca’o las medias; llevaba zapatillas de balé rosa, como las de la gente antigua, de seda suavecita, como le gusta a doña Martita. Me eché p’atrás y le di un empujoncito al Julio; casi me muero de susto, pero ni chisté; se había gana’o detrasito mío para ver juntos a la Artemisia; él la había esta’o cateando por la ventana y decidió meterse a la casa sin permiso. La francesa leía las cartas susurrando, pasándose la otra mano por todos la’os, bien despacito; el vaivén del cuerpo hacía que la bata le acariciara la piel por lugares secretos, mientras que el otro respiraba apurao. Oiga... me agarró de la cintura soplándome en el pescuezo; no, no puedo explicarle lo que pasó después. Ahora el Julio anda aperra’o porque doña Artemisia no le da boleto. Yo ni me meto mejor.

Saludos, la Mirna».

 

 

Telaraña

por Anita Junge-Hammersley

(Participante en el Concurso de Cuentos “Nuestra Palabra 2005”
Toronto, Ontario, Canadá)

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Anita Junge-Hammersley ,
nació en Santiago de Chile. Completó estudios de literatura francesa y traducción en el Collège de Limoilou, Québec. Ex-prisionera política y comprometida con los derechos humanos, escribe para decir lo que tiene que decir, en forma de poemas y narrativa. "Desde mi celda" fue publicada en "Canto para un prisionero", en solidaridad con los presos políticos turcos.
Reside en Ottawa.

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cuento/relato

 

 

 

Junge-Hammersley, Anita."Tererana." Poesía sexo maríhuana . eds.Felipe Quetzalcoatl Quintanilla, Ivonne Zarza , Shiddarta Vásquez Córdoba. London: 2007

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