A muchos nos ha tocado efectuar esta transición del medio del papel al electrónico. En mi caso particular, debido a mis inicios en la poesía neovanguardista en el Chile de fines de los sesenta del siglo pasado y a mi relativa marginalidad en el así llamado Mundo de las Letras, nunca llegué a la producción de libros personales de gran circulación en el mercado— como suele ser el caso de la poesía—. Entonces, no me tocó estar en la situación de un autor que produce un objeto que entra en el mercado—libro o texto suelto— y de cuya comercialización depende al menos parcialmente para vivir. Esto para decir que acogí con entusiasmo el salto a la otra galaxia desde la gutembergiana del libro impreso—concreto, material y comercializable—a la aparente realización de la noosfera que constituye esta red virtual que envuelve más y más al planeta y que ofrece teóricamente una difusión universal. En unos cuantos años las instituciones literarias, con sus componentes o aditamentos de la crítica y la enseñanza de la literatura de los países, en este caso castellanófonos, perdieron algo de su solidez ligada con el mercado del libro, su poder de establecer nomenclaturas y canalizar la lectura y la difusión de los autores, a la vez que las fronteras nacionales se hacían más porosas.



La relación entre el público virtual, en los dos sentidos de la palabra, y los autores, se hace más fluida y frecuente, aunque disminuya su concreción y la riqueza del contacto personal cara a cara, que es también proporciona cierto beneficio material marginal y complementario, por ejemplo a través de firmas de obra, giras organizadas por editoriales, etc. a los estadísticamente escasos autores beneficiarios de la mercancía libro. Así habría una suerte de compensación o trade off, como se dice por aquí, que es lo que pasa con las revoluciones de la difusión y las comunicaciones. Lo que se gana en extensión y divulgación se pierde en intensidad y concreción. Se va de la comunicación  cara a cara al libro, del libro a la comunicación virtual. Es decir, de la certidumbre total de la presencia del otro o de los otros, a la incertidumbre del receptor colectivo, que por otra parte y teóricamente abarca al universo de discurso total del idioma de la expresión de que se trate, solo limitado por el alcance del medio en ese idioma. Al menos a nivel de los que cuentan y/o manejan la tecnología. De la técnica del gesto corporal, la entonación oral, el cultivo del suspenso y la memoria se pasa a la escritura, la caligrafía y la retórica, la linotipia y la máquina de escribir, la computadora o el computador, el manejo de la mensajería oral e idealmente de la composición de textos en programas y la programación de vehículos virtuales de difusión y alcance masivos. Surge un nuevo posibilitador que ya no es producto de la academia o la institución literaria y que está más vinculado a los medios de comunicación y la publicidad comercial: el webmáster, que tiene en sus manos por el momento las llaves de la difusión de la escritura, en espera de que todos los escritores se conviertan en webmasters, una utopía tan deseable como imposible que, como sucede con el hombre plenamente realizado de los manuscritos económico filosóficos del Joven Marx, acaba con la necesidad social del escritor al subsumirlo como función y componente en un universo de individuos monádicos que anulan las faltas de equidad e igualdad al convertirse en cada caso en átomos totales que hacen superflua a la misma sociedad cuyas asimetrías se intenta resolver. Porque es imposible no plantearse o advertir el incremento participativo consustancial a todas las revoluciones de la comunicación, que en el caso de la instantaneidad y universalidad potenciales de los nuevos medios parecieran adquirir una dimensión radical.



A través de estas mutaciones y quiéranlo o no, en tanto productores de sentido y significado, los autores están sujetos a peticiones sociales y a compulsiones de expresión individuales para ‘ser en el mundo’. Así, el escritor se vuelve a convertir en un ente social, independientemente de las discusiones sobre la autonomía del arte y la literatura, el papel del escritor, la imposibilidad de eludir el compromiso, de que se conciba al texto y la escritura como operaciones inmateriales, fantasmagóricas o ideolectales, cuya oposición refleja pero esencialmente inmaterial frente al mundo concreto de las cosas los asimila a la muerte, a la nada o a la negación.  Todas estas reflexiones son producto de esa mediación que posibilita a la escritura y a toda representación, por esa condición espectacular confrontacional y distanciada que tiene ineludiblemente el conocimiento humano, que ni la nueva ubicuidad y simultaneidad del nuevo medio conseguirán abolir. Esta resocialización del escritor puede no aceptarse, puede no definirlo esencialmente o puede constituir una traición a una vocación, es decir se puede someter a debate, bienvenido sea, mientras pululan las declaraciones de Dorfmann, Saramago, Galeano, etc. en el internet frente a estos acontecimientos mundiales que se hacen accesibles instantánea y detalladamente a través de la palabra o la imagen. O existen también esas campañas destinadas a paliar las deficiencias y abusos de políticas y regímenes a que se suman masivamente los escritores firmando listas de adhesión o iniciándolas; carencias, injusticias y asimetrías que de la noche a la mañana se han puesto al descubierto en tiempo real y en todo sus minuciosos detalles anecdóticos, paralizando el brazo del policía antes de que pueda dar el segundo bastonazo, frenando a los pilotos cuando aún  planeaban excretar el resto de su carga de bombas o misiles. Surgen organizaciones casi masivas como Poetas del Mundo, organismo de unos 2500 poetas, dedicada a la paz y equidad mundiales, presente en decenas de países y cuya embajaduría en Canadá me enorgullece. O tenemos a los Poetas Antiimperialistas de América, que hace algunos años de alguna manera sentaron las pautas entre los poetas castellanohablantes para el replanteo del papel social de la poesía y el compromiso político en la era virtual.



Pero el acceso potencialmente universal somete al autor a las determinaciones de ese acceso y del medio: cuando aumenta enormemente el radio de lectura potencial del texto se tienden a eliminar las anfractuosidades y las retóricas distanciadoras más patentes, hay que someterse a la brevedad y la concisión para atrapar la atención del ojo que escanea sucesivamente un número variable de textos en la pantalla. Como ejemplo cercano, el concurso de prosa en castellano de Canadá ‘Nuestra palabra’, una de las instancias clave para el mantenimiento y desarrollo de la escritura en castellano en Canadá, limita los textos concursantes a 1500 palabras. El auge del cultivo y lectura de la narración mini es paralelo al desarrollo del internet. Los textos intergéneros, el experimentalismo y el vanguardismo poéticos se ven arrinconados, aunque desde su marginalidad virtual tengan mucho más alcance potencial que sus predecesores de otrora limitados a los medios impresos. Así como el acceso al libro presuponía además de saber leer el acceso al objeto, el nuevo medio instaura una jerarquía de acceso y manejo de la nueva tecnología, que en su origen es de índole comercial. En los países como México y Chile, donde la posesión de una computadora es menos universal que en Canadá por ejemplo, abundan los cafés internet incluso en poblados semirremotos. Aparte de los espacios públicos, como las bibliotecas, esta accesibilidad no está motivada por la preocupación equitativa sino por el mercado: Donde la adquisición de la computadora no está al alcance de todos, surge el negocio del acceso virtual. Este carácter comercial no es nada nuevo. La no universalización del socialismo en el siglo XX significó que la circulación básica de bienes y servicios de toda índole es y seguirá siendo el mercado. El libro es una mercancía y la crítica literaria a nivel universitario o periodístico no pueden evitar ser instancias de divulgación y publicidad comercial. El mercado del libro y la institución literaria son indivisibles. El escándalo de la divulgación y consumo casi gratuitos de un bien hasta ayer vehiculizado comercialmente irrumpe en la industria editorial y sus voceros de manera parecida a como lo hace en el mundo de la música y el celuloide. Porque tiene consecuencias económicas muy concretas e ineludibles. Si bien lo incorpóreo, la ubicuidad y la simultaneidad acercan míticamente al autor virtual a una divinidad espiritual y omnipresente, reafirmando la superioridad mítica o arquetípica del espíritu sobre la materia, el para sí sobre el en sí, etc., por otro lado el prestigio ontológico, práctico, ideológico y económico de lo material, concreto y realmente existente, encarnado en el libro, en su vertiente económica e institucional, intenta establecer jerarquías, afirmando el carácter sólido y definitivo de la publicación en papel, que permanece y se deposita en bibliotecas y museos, pulula en planes de estudio e historias de la literatura garantizando la pervivencia tan cara a los mortales. Frente a la evanescencia del texto virtual de soporte material precario, el libro impreso supondría criterios editoriales y críticos especializados que involucran una calidad que se encontraría ausente en la democracia del internet que es potencialmente universal, abierta a todos, donde todos pueden meter mano. De manera parecida las instancias defensoras de la comercialización del libro han atacado y atacan a la autopublicación con argumentos difíciles de sostener en un mundo de cultura de masas y best sellers en que los únicos parámetros de circulación son realmente las cifras de libros vendidos. Eso sí, esto durará solamente hasta que los poderes fácticos (económicos) encuentren la tecnología, puedan crear el formato y apliquen la normatividad que permitan la comercialización de los productos literarios virtuales, en que la accesibilidad de las grandes muchedumbres tendrá que compensar los bajos precios por unidad.



Así, con un pie en la tierra de lo concreto y el otro en la noosfera celestial, aislado, afirmando su subjetividad como lo hacen millones de blogistas o participantes en los multitudinarios medios virtuales mixtos, y por otro lado solicitado y participante en las tareas de práctica remota colectiva éticas y políticas, el autor efectúa su paso de un universo a otro, de una galaxia a otra.