MINIFICCIONES de Magdalena Ferreiro
  

 

 

 

I-Textos de Trinitaria (Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2001)

                Costa

                La casa de la costa es refugio y prisión. Está llena de árboles, de flores y frutos, de animales falsos, de esperanzas turbias. Nadie va por allí, aunque es probable que, ahora, su única habitación esté llena de gente.
                Emprenderemos viaje en cuanto amanezca. Llevaremos provisiones, agua, música, puñales. Llevaremos los mapas que dibujó la mujer y seguramente no podremos perdernos. Hay que seguir el rumbo de las antiguas cabañas, continuar hasta el fin de la senda oficial, respirar aires de arena y tierra, buscar la ruta que conduce a otras partes , no olvidar jamás la brújula y no hacer caso de los espejos de agua.
                Cuando lleguemos será razonable encontrar niños. No debemos escucharlos: siempre mienten. Si queremos hortalizas, los mercaderes nos dirán que ya no hay. Deberemos alimentarnos como podamos, sumando a nuestras provisiones alguna baya, un ave desprevenida, un pez plateado que no sepa escapar a nuestras manos ávidas.
                Recorreremos la costa hasta cansarnos. Buena falta nos hace.
                A la hora de regresar, no nos despediremos. No nos haría ninguna falta.

 

                Misiones

                Si vieras el mar ahora comprenderías mi mueca de terror. Si lo percibieras bravo, temible, alejándose calle abajo por Misiones, si vibraras en la fila de autos furiosos y oyeras, otra vez, esa camioneta con altavoces, me entenderías.
                Si pudieras otear, desde mi balcón a punto de derrumbarse, la mesa del café donde el asesino fumaba y se reía, sólo podrías sentir piedad por mí.
                Si vislumbraras las extrañas tarjetas de Navidad, el quiosco de revistas, esa mujer que ahora cruza y que va envuelta en chales, el indecente motonetista que me ensordece, la mugre del sol, no te reirías tanto.
                Pero nada ves. La pareja que cruza Misiones con su paraguas roto no te toca. El techo de ese camión violeta no te hiere. El cartel torcido que señala la escollera no te agrede. No hace frío en tu piel desnuda, nadie llama por teléfono para ver si estás.
                No estás sintiendo, ahora, el miedo de esas plantas en el alféizar, el asco de esa paloma asustada, otra moto, otra moto, otra moto.

 

 

                II-Textos de Villa de Niebla (Montevideo, ArteFato, 2004)

Cortejo

                El cortejo macabro llega de improviso, pero nunca antes de culminar la sobremesa del almuerzo ni mucho menos sobre la hora del té. Suaves chasquidos lo anuncian: el rozar de las vestiduras contra el piso, ligeros correteos, risas ahogadas. Y de golpe la consumación: es que ellas ya están aquí y nada puede hacerse para evitar la ceremonia.
                Hieráticas sobre su góndola fúnebre, las damas cincelan en los libros del horror los nombres de aquellos pobres mortales que habrán de ser tragados por las aguas. Sus dedos se entretienen en prolongados juegos de caligrafía y placer, y a cada gota de tinta negra corresponde, redonda y perfecta, una gota de sangre oscura como una boca manchada de mora.
                Aún no han podido escribir mi nombre, pero sé que me buscan desde hace tiempo. Será cuestión de empacar mis dos o tres libros y poner proa a alguna parte del Norte antes de que sea demasiado tarde.

               

Moho

                Volverás al rincón de las arañas.
                Bienvenido nuevamente a tu residencia, eterno huésped. Espero que disfrutes la estadía. La habitación es minúscula, poblada por diversos insectos, y sólo una trampa de hierro la comunica con el exterior. Cuando llueve, algo de agua gotea hacia adentro y va creando moho o dando origen a formas de vida viscosas.
                Es cierto que la casa es grande y abunda en suntuosas habitaciones vacías, pero ninguna te está reservada. Te ofrezco más bien el musgo y el aleteo de los murciélagos.
                Espero que nada de eso perturbe tu reposo. Y, después de todo, si así fuera te lo tendrías bien ganado. Nunca me destaqué como anfitriona. No voy a comenzar ahora, menos contigo, faltaba más.
                Al fin y al cabo, ésta es mi casa. Y si no te gusta lo que va quedando, puedo indicarte sin reparos el camino a la puerta.

 

cuento-relato

Magdalena Ferreiro nació en Montevideo, Uruguay, en 1972.
Actualmente sigue una rigurosa cura de nieve en Ottawa, Canadá.

Ferreiro, Magdalena."Minificciones ". Poesía sexo maríhuana. Eds. Felipe Q. Quintanilla, Ivonne Zarza, Francisco Ucán Marín.



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Magdalena Ferreiro en la web:


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