
Prólogo a Tres Lotos en un mar de fuego
El loto es en sí mismo un universo completo. La vida de algunas flores empieza con el rocío del alba y se cierra para siempre al final del día. Hay otras, como el loto, de pétalos y pistilos tan sensibles a las sombras que empiezan a cerrarse con los primeros anuncios del atardecer. Cuando la oscuridad es total, ya se han replegado con tanta fuerza en su interior que parecen haberse marchitado para siempre, pero en la inmovilidad del silencio, rodeadas de tinieblas, lo que hacen es nutrirse de sus propias sustancias vitales para volver a abrirse a un nuevo amanecer ¿Es la misma flor la que renace al clarear del día o es otra y la misma a la vez?
Camila Reimers se atreve a abordar un tema tan oportuno como delicado. A muchos escritores los empuja la urgente necesidad de contar y denunciar, de preservar la memoria de estos tiempos tenebrosos en que las ansias de poder y la codicia parecen haberse adueñado del mundo, contaminando a personas, animales, aguas y paisajes con los horrores de la violencia. Es fácil hablar así en general de bombas, de guerras, de armas, de destrucción y muerte. Lo que es difícil, por todas las implicaciones que tiene el abordar estos temas, es lo que ha hecho Camila Reimers en ésta, su segunda novela. Ver a una mujer en particular y llamarla por su nombre cuando recobra el conocimiento en una jaula con las piernas acalambradas y el sexo herido no es lo mismo que enfrentarnos a la cómoda generalidad de los datos sobre mujeres violadas y torturadas que nos trae el reportaje del periódico o la televisión. Y lo mismo pasa con el tema de los refugiados. Ya no es una masa sin nombre que espera la caridad en carpas de innumerables campamentos regados por diversas partes del mundo. Aquí vamos corriendo, tropezando y volviéndonos a levantar, con ojos que quieren ver el camino y que no pueden dejar de ver cómo van cayendo padres o hijos para no levantarse más, reventados de hambre y de sed, sin siquiera poder despedirnos o ayudarlos si no queremos que las bombas o la ráfaga de metralla que los alcanzó a ellos acabe con lo más preciado que tenemos: nuestra vida o la que llevamos en los brazos. Un puñado de personas amparadas en el poder mortífero de las armas, algún gobierno extranjero, una transnacional y —lo que es peor— grupos de tu propia gente o tu mismo gobierno reunidos en alguna pieza lejana decidieron por ti, decidieron que preservar tu vida y la de los tuyos, tus valores, tu hogar, tu país, tu gente, tus costumbres, tu manera de vivir, tu religión, no valía más que “la causa”, el petróleo bajo tus pies, los bosques que te alimentaron por generaciones, las tierras donde pastaban tus animales.
Tampoco deja de lado Camila Reimers las raíces más obvias del mal entre las que destacan la miseria y la desigualdad social, la gran laguna que amenaza con separar el mundo en mitades irreconciliables. Los que quieren seguir acumulando y los que tienen que tomar las armas para defender lo que les queda o tomar por la fuerza lo que debía haber sido su derecho: un trabajo, el pan de cada día, una vida digna.
El haber abordado temas tan sensibles ya es una hazaña en sí de la autora, pero ¿cómo se las arregla para que el lector no deje el libro, abrumado por la intensidad de las emociones en este entorno de extrema violencia? En medio de la oscuridad y del encierro va echando rayitos de luz, tanto dentro, en el discurrir de la conciencia de sus personajes, como fuera donde vemos aparecer por aquí y por allá el halo benéfico de alguna persona real o imaginada, la sombra de un árbol donde descansar, la luz de la luna alumbrando el camino o la calma inesperada de algún paisaje.
La figura que representa por excelencia el loto en un mar de fuego (la compasión en medio de la violencia) es el monje budista Thich Quang Duc que se roció de gasolina y se prendió fuego en una calle de Saigón en 1963 para dar a conocer al mundo el sufrimiento que había acarreado a su gente el régimen represivo. A diferencia de éste y otros hombres y mujeres que han recurrido al más extremo sufrimiento corporal para crear conciencia, los personajes de Lotos en un mar de fuego de Camila Reimers no han elegido autoinmolarse. Han sido víctimas de violencias y crueldades que no se imaginaban que podían existir. Rodeadas de tinieblas se han replegado en sí mismas buscando fuentes de vida en un proceso largo y doloroso que pasa por reconocer que ellas también están hechas del mismo material. Cada ser humano es un universo completo y tiene dentro de sí al salvador y al asesino, al torturador y al compasivo y algunos siguen o cultivan la parte de ellos que es noble, otros la parte que es mezquina. Lo que estas mujeres tienen en común con Quang Duc es el acto de generosidad de donar su historia y compartir con nosotros el poder transformador de la compasión y la conciencia de que la colectividad está hecha de individualidades.
The horrors of violence are thrashing the earth, contaminating water sources and landscapes and, not least, the human spirit. Whether a war is small or large, the effects on the person who has lost family, friends, and human dignity are the same; and those who day after day witness the devastation that they are powerless to stop are similarly affected.
Especially since 9/11, 2001, we have become familiar with reports on casualties of wars, images of bombs being dropped, and the destruction of people and their homes. What Camila Reimers has done in Tres lotos en un mar de fuego, is take us closer into these realities of war. We are no longer sitting in front of our TV sets or comfortably reading about Iraq and refugee camps in a magazine. This novel doesn’t allow us to escape to the comfort of considering impersonal data on women who have been raped and tortured. Here, we see a woman (we even know her name) at the moment when she regains consciousness cramped in a cage, her sexual organs aching and sore. And so with the topic of refugees. We no longer see a mass of people in endless tents in camps all over the world, often waiting for the charity of the same powers that caused their displacement. Tres lotos en un mar de fuego carries us along with those who are stumbling, falling and getting up to run again. They should try to focus on the road to keep from falling again, but the need to know how their loved ones are is stronger than their instinct for self-preservation. Was my father or my son able to get up? Was he caught? Was my mother too weak to go on? Not even a chance to say goodbye for fear that another burst of machine-gun fire would take their lives.
A handful of people shielded behind the mortal power of weapons, a foreign government, a transnational corporation or, worse, your own people decided that your life and the lives of your loved ones were insignificant. Gathered in a closed room, they decided that their “cause” was more important than your values, your culture, and that your lives were less valuable than the oil under the ground you walk on or the forests and lands that had sustained your people for generations.
Camila Reimers makes it plain that the root causes include greed and the drive for power, but also poverty and social inequity. A huge gap separates those who have too much and want still more from those who have next to nothing and at times are forced to fight by whatever means for what should be theirs by right: a paid job and enough to eat.
Camila Reimers boldly addresses these sensitive issues and manages to keep us reading her tragic stories. Expertly she sheds small rays of light here and there: inside, in the minds of her characters with images that preserve the memory of better times; and outside, in the landscape with a tree to rest against, something to eat and water to wash away the blood from the wounds.
Personally, I thank Camila Reimers for having given back to me the individuality of the person who has been subjected to torture. So distressful to our minds are these scenes of torment that we tend to freeze the person forever in the image of that particular moment. The published photographs of people under torture in Abu Ghraib and Guantanamo Bay seem to blot out the humanity of the victims. Tres lotos en un mar de fuego has taught me to see them still in their multiple dimensions as human beings and not just forever suspended in the pain of torture. Some of them will be able to resume their lives, to love and be loved, even after having seen at first hand the darkest side of human nature. Like the lotus that in the darkness finds what it needs to flower again, they may recover the humanity that they were denied.
